¡Silencio, que se va a cantar fado!

Los portugueses suelen considerarse un pueblo triste, melancólico, nostálgico… Incluso tienen una palabra, sin traducción en ningún otro idioma, para definir el sentimiento de pena y nostalgia que causa la ausencia, la desaparición, la distancia o la pérdida de personas, épocas, lugares o cosas con los que se mantuvo un vínculo y que se desearía volver a tener presentes: saudade.

Si hay una manera de transmitir la melancolía de ser portugués es a través del fado. Más que un estilo musical, es una forma de expresión tocada y cantada que se dice que viene de dentro del alma portuguesa. Hoy, queremos darle a conocer este arte, clasificado como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO desde 2011.

Un chal, una guitarra portuguesa, una voz y mucho sentimiento: estos son los elementos principales de este símbolo de Portugal que también es una música del mundo. En esencia, el fado canta sobre los sentimientos, los desamores, la añoranza de alguien que se fue, la vida cotidiana y las conquistas. Al fin y al cabo, el término fado, además de aludir al estilo musical portugués, significa «destino», es decir, aquello que tiene que suceder a la fuerza, independientemente de que se trate de suerte o de una desgracia.

A pesar de ser uno de los principales emblemas de la cultura portuguesa, su origen sigue envuelto en misterio, puesto que todavía no se ha desvelado la ubicación temporal y geográfica de su nacimiento. Sin embargo, existen algunas teorías al respecto: unas defienden que, por la melancolía que le es característica, este estilo musical nació a partir de los cánticos del pueblo musulmán, mientras que otras sostienen que sus orígenes se encuentran en el lundú, una música de los esclavos brasileños que los marineros habrían traído a Portugal alrededor del año 1820. Otra hipótesis apunta a los trovadores medievales, cuyas canciones presentan ciertas características que se conservan en el fado.

Lo cierto es que, en algún momento de su historia, el fado se asentó en Lisboa entre la población más desfavorecida, en ambientes frecuentados por personas marginadas, marineros y prostitutas. Allí surgió la historia de la aventura amorosa de un aristócrata, el Conde de Vimioso, con Maria Severa, una meretriz aclamada por sus dotes de cantante que acabaría transformándose en uno de los grandes mitos de la historia del fado y que incluso daría lugar a distintas representaciones artísticas en el teatro, la literatura y el cine. Ya en el siglo XX, el fado encontró en Amália Rodrigues su embajadora en los escenarios más importantes de todo el mundo, donde su voz interpretó canciones como «Povo que lavas no rio», «Foi Deus» y «Vou dar de beber à dor».

Hoy en día, todavía podemos encontrar espectáculos de fado en las zonas más antiguas de Lisboa, en las casas típicas de los barrios de Alfama e Mouraria. Se apagan las luces, la sala se ilumina con colores suaves de tonos rojizos y ocre, y los ánimos se calman hasta que todo queda en silencio, que es fundamental. Los acordes de la guitarra portuguesa dan paso a la tradición, que obliga a que las fadistas vistan con falda y chal. En este espectáculo de sentimiento y sensibilidad, el mentón que se levanta, los ojos que se cierran y las manos que se agitan, algunas veces en señal de súplica y otras en un gesto de desesperación, transmiten emociones cada vez más intensas que, en ocasiones, culminan con un chal volando por los aires o con un pie dando un golpe en el suelo, lo cual exige los aplausos finales y el típico y sentido «¡Ah, fadista!».

¿No le parece interesante? Venga a descubrir la autenticidad de este arte que tan bien transmite la esencia de la cultura portuguesa. Consulte aquí nuestras rutas por la capital portuguesa y embárquese en un viaje por la nostalgia, la melancolía y el pasado. Verá cómo, en poco tiempo, siente el fado como un verdadero lisboeta.